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El origen de Oplinx

Oplinx comienza mucho antes de tener nombre. Comienza en la convergencia de dos trayectorias distintas que, sin saberlo, estaban destinadas a encontrarse.

Osany Marlon Palacios, nacido en 1993, construyó su camino desde el emprendimiento. Su formación no fue tradicional, sino práctica. Negocios físicos, e-commerce, marketing digital. Proyectos que no siempre fueron perfectos, pero que le dieron algo más valioso que el éxito inmediato: visión, análisis y resistencia. Desde muy joven desarrolló una mentalidad orientada a detectar oportunidades donde otros solo veían saturación. Observando el mercado del cuidado de la piel en España, identificó algo que le inquietaba: existían productos, pero faltaba profundidad. Faltaba especialización real, faltaba una marca que pensara en niños, jóvenes, adultos y mayores desde una estructura coherente y accesible. No quería crear “otra marca”. Quería construir algo con intención y proyección.

Claudiá Colomina Guitart, nacida en 1991, recorría un camino completamente distinto pero complementario. Con formación farmacéutica y experiencia en farmacia comunitaria, su trayectoria estaba marcada por el rigor técnico y el contacto directo con las necesidades reales del cliente. Conocía la formulación, la normativa, la validación. Entendía la piel desde la química y desde la práctica diaria. Donde Osany veía oportunidad estratégica, ella veía viabilidad técnica. Donde uno imaginaba expansión, la otra medía estructura.

Se conocieron años atrás, en un entorno profesional vinculado a desarrollos entre España y Cuba. No fue una conexión inmediata alrededor de la cosmética, sino alrededor de algo más profundo: mentalidad. Ambos compartían una inquietud constante por avanzar, aprender y construir. Veían en el otro una capacidad de crecimiento que no era común. No se trataba solo de ambición; era disciplina, era inconformismo.

Durante un tiempo, la idea de crear algo juntos flotaba sin forma definida. Conversaciones sobre mercado, sobre oportunidades, sobre lo que faltaba y lo que podía hacerse mejor. Hasta que llegó el punto de decisión. Osany tomó la iniciativa de transformar la intuición en acción. No desde la improvisación, sino desde una convicción clara: si el mercado no ofrecía una propuesta especializada, estructurada y ambiciosa en este nicho, había que construirla.

Claudiá no solo apoyó la idea; la aterrizó. Aportó la base farmacéutica, el criterio técnico y la estructura necesaria para que la visión no fuera solo discurso. Lo que comenzó como una observación estratégica se convirtió en proyecto real cuando ambos entendieron que su complementariedad era la verdadera fortaleza. Impulso y prudencia. Riesgo y validación. Ambición y estructura.

La inversión inicial fue propia. Sin grandes respaldos externos ni estructuras consolidadas. Solo convicción, análisis y la decisión de asumir el riesgo. En 2024, esa decisión tomó nombre y forma definitiva: Oplinx.

Ahí es donde la historia de los fundadores deja de ser solo intención y se convierte en marca. Ahí comienza oficialmente el proyecto. Y es en ese punto donde termina esta primera etapa: el momento exacto en que dos trayectorias personales se transforman en una visión compartida y dan nacimiento a Oplinx.